[Recomendado] In Treatment

 Muchos de nosotros hemos pasado por el consultorio de un terapeuta intentando develar algunas cuestiones. Sentirnos mejor, ver qué es lo que nos pasa, lo que pasa con el mundo que nos rodea y al que podemos sentirnos -o no- adaptados. O tal vez analizar nuestras relaciones con los otros, esos otros de nuestra vida cotidiana: padres, parejas, trabajo, hijos. Porque, ¿qué es una terapia sino un profundo buceo en nuestra propia interioridad? De eso trató In treatment, la serie que HBO emitiera entre 2008 y 2010 y que tuvo la particularidad de ser diaria. Su estructura era simple: cada uno de los días de la semana, de lunes a jueves, estaban dedicados a ver la sesión de terapia, en tiempo real, de un paciente diferente. Y el viernes era el broche de oro, ya que era la hora de la sesión de Paul Weston (Gabriel Byrne, que interpretaba al terapeuta) con Gina, su mentora de la universidad, personificada nada menos que por Dianne West.
Casi toda la serie estaba filmada en el consultorio, por lo que la atmósfera lograda era íntima, y a nivel actoral, era como ver una escena de una obra de teatro. Poco movimiento físico, mucho diálogo, muchos silencios y largas miradas. Aunque no faltaron los llantos, los gritos ni los dilemas morales que podían hacer saltar los resortes de tu propia percepción y ponían a prueba tus juicios, prejuicios y valores. En cada una de las tres temporadas (con un promedio de 35 episodios cada una), el reparto variaba casi en un noventa por ciento, aunque se mantenía la centralidad en Paul. Dado este acierto de los guionistas, pudimos ver al psicoterapeuta en acción ante distintos tipos de pacientes, fueran niños, parejas, ancianos o adultos. Esa fue parte de la experiencia enriquecedora de la serie, ya que cada año traía nuevas historias y desafíos que plantear al por momentos firme, por momentos inestable doctor Weston. Uno de mis personajes favoritos fue la gimnasta con ideas suicidas de la primera temporada, que interpretaba Mia Wasikowska. La pobre Sophie no sólo debía lidiar con sus padres -el padre era toda una joyita, por no decir algo peor-, sino con su entrenador, su sexualidad y las exigencias de la competencia de elite. En la segunda, la historia que me partió a la mitad fue la de Oliver, un niño de 12 años, que quedaba en el medio de la separación de sus padres. No quedaba en el medio como uno podría pensar, sino que en realidad ninguno de ellos quería la custodia del chico, porque le echaban la culpa del divorcio, o sea… ¡ni su mamá ni su papá lo querían! Recuerdo la impotencia al ver a esos padres planteando a Paul, con supuestos fundamentos, el por qué de no tener al niño con ellos. La situación era tan pero tan extrema que incluso el terapeuta pensó en adoptarlo (creo que todos los que vimos la series quisimos adoptar a Oliver). Y en la tercera apareció Sunil, encarnado magistralmente por Irrfan Khan. Sunil era un hindú jubilado y viudo, que hacía poco había llegado a los Estados Unidos para vivir con su hijo y su nuera. Sunil tenía una mirada demasiado triste y un hablar pausado, en su rostro y gestos mínimos se cristalizaban todos sus sentimientos. Recordaba a su esposa con nostalgia, pero más aún recordaba a su verdadero amor, el que no fue. Los fantansmas del pasado, además, se ceñían a una moral y costumbres estrictas en lo religioso de su sociedad de origen, por lo que tenía constantes choques con su nuera, tan independiente ella. Uno de los conflictos se centraba en que su hijo pudo pasar por encima la barrera de la tradición y se casó por amor, no por mandato familiar, mella profunda en el carácter de Sunil. Voy a ser honesta: empecé a ver In treatment porque soy admiradora de Gabriel Byrne y porque la psicoterapia me llama muchísimo la atención. Pocas cosas hay tan personales, tan íntimamente ligadas al interior de cada persona como una sesión de terapia. Meterse en ese mundo particular y lleno de matices tenía que ser una gran experiencia a nivel seriéfilo; ni hablar si le agregamos un gran cast. Por ella pasaron Josh Charles, Alison Pill, la gran Michelle Forbes, Hope Davis, Debra Winger, Amy Ryan… A muchos de ellos los vemos ahora en otras series, y confieso que me ha costado sacarlos del papel de paciente con el que los conocí. Ver In treatment, en un punto, era similar a la lectura de la novela Rayuela, de Julio Cortázar. Con mi tía -con quien compartí la experiencia de juntarme a ver los capítulos- hacíamos visionados que se podrían llamar diferenciales. Bien podíamos ver los capítulos en orden de emisión, u ordenarlos por paciente para no perder continuidad en las historias. Recuerdo que la primer temporada la vimos dos veces, una de cada manera, compartiendo pizzas e intercambiando pareceres sobre las idas y vueltas de Paul y Laura. Algo parecido nos pasó en la segunda con los padres de Oliver (esa la vimos en un verano, comiendo helado), y en la tercera, completamente hipnotizadas por uno de mis preferidos, Sunil. ¿Por qué digo que fue una de las series de mi vida? Porque, extrañamente, es una de las pocas series con las que empaticé con casi todos sus personajes. Los personajes de In treatment eran personas normales con problemas comunes y corrientes. No eran el presidente de los Estados Unidos intentando evitar una invasión alienígena (Blair Underwood, teléfono), sino que eran personajes construidos desde la cotidianeidad. Y mostrar la cotidianeidad desde un lugar respetuoso y cuidado logra eso. Porque lo que me mostró es que hay pequeñas historias que merecen ser contadas, y más aún, está buenísimo saber verlas.

Publicado originalmente en Todoseries.

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